jueves, 11 de julio de 2019

#1

Te va a parecer
que estoy acá.
Que me rio y me conecto
con el mundo.
Como siempre.
Pero no. No es así.
Estoy en alguna otra parte.
Despidéndome.
Empapando la memoria de recuerdos
tan fugaces
tan vacuos.
Quiero aferrarme a las imágenes
de los momentos felices
antes de que desaparezcan del todo. 
El tiempo es poco.
Se consume rápido.
Y vos me vas a ver así:
bromeando en los espacios habituales.
Aunque sea pura excepción
Aunque sea solo máscara
y la única verdad sean los restos de mí
que se diluyen en lágrimas.


sábado, 20 de abril de 2019

Corte maestro


Hacía una hora que la clienta hablaba sin descanso.
Parecía no necesitar siquiera pausas para el aire.
El peluquero asentía y tijereteaba, aunque ya no prestaba atención a las palabras que salían a borbotones de esa boca deformada por un rouge rojo furioso.
La irritación lo colmó y arrancó el hacha contra incendios del soporte en la pared.
La mujer reaccionó feliz cuando lo vio en el espejo.
-          ¿Con qué novedad vas a sorprenderme hoy, querido? 
El golpe fue certero, experto: un único corte en la nuca logró que la cabeza volara hasta la puerta del baño.
Aunque los labios todavía parecían moverse, en cuestión de segundos, en medio de un charco de sangre densa, se hizo el silencio.



viernes, 2 de marzo de 2018

De las prisiones I

Tengo los pies lastimados.
Las llagas supuran pus y no sé cómo hacer que cicatricen.
Me duele el cuerpo todo con ellos y siento que no son la única parte de mi cuerpo que está herida y despide líquidos infectos.
Toda yo apesto. Toda yo supuro.
Me sacan la vida. Me la chupan como vampiros y no sé escapar.
Otros dicen que me aleje, que no estoy atada, palabras ligeras, sin saber.
Yo veo los grilletes en mis tobillos y muñecas.
Los veo, los arrastro a cada paso.
No sé por dónde se huye, no sé cómo escapar.
Estoy cansada.
Quizás me rinda pronto y deje que los insectos se alimenten de mis fluidos, de mis órganos, mi piel, mi carne.
No hay látigo a la vista pero hay llaga y hay herida y hay dolor y hay miedo.

 El castigo es siempre eterno.


jueves, 1 de junio de 2017

Quatrocchi

Quiere jugar al fútbol pero su mamá no lo deja.
-          Te van a romper los anteojos de un pelotazo.
Intenta sacárselos, para jugar, a escondidas de su madre y del oculista y de su hermano siempre buchón. No ve nada. Todas las figuras se le borronean en un claro que, interpreta, es la luz del día. Se vuelve a calzar los lentes. Ahora sí. Los manchones oscuros son los chicos. A la pelota, en su media ceguera miope, ni la adivinaba.
Se resigna a traer y llevar el agua o lo que le pidan con tal de seguir en el campito, con tal de ser uno más, al menos por un rato, uno del equipo.
Ignora las cargadas del goleador, los demás son más piadosos.
Cuando el profesor chifla el silbato y llega la hora de irse a casa, Juan recoge su portafolios de cuero lleno de felicitaciones y buenas notas. Es el único que sigue con el guardapolvo puesto, todo almidonado. Los otros chicos tienen barro de la cabeza hasta los pies. Cómo le gustaría estar sucio.

Se sacude un poco el pelo, para sentir la ilusión de haber pegado un cabezazo. Lo van a retar, no le importa. Desata un zapato, se baja las medias. Una más que la otra. Busca la vivencia, el recuerdo del pasto, de los raspones de los demás que él no tiene. Se ilusiona esas cuadras. Las recorre mientras arrastra su excelencia académica de vuelta a casa.


sábado, 25 de marzo de 2017

Primera reseña de "FRÍO"

Y como no se puede evitar la autopromoción, les comparto la reseña de mi libro que hizo el sitio Solo Tempestad.

http://www.solotempestad.com/vazquezxlucero/

Escena

Sangra.
Como cuando menstrúa, aunque no debería hacerlo por unos meses al menos.
Sin embargo allá va el flujo rojo profundo, surge abundante de entre sus piernas, las recorre, las embarra e inunda el piso del baño.
Lo ve claro. El caudal lo arrastra: un pequeño coágulo con forma de riñón. Un poroto perfecto, más claro, rosado apenas, y que parece tener una pequeña línea roja en el interior.
No lo mira más. La llena la culpa. Sabe qué es. Sabe quién es. Sabe que no quería retenerlo, pero tampoco quería que se fuera así, con este desalojo anticipado, sin aviso. Lo deja de mirar con la lástima con la que deja de mirar los huevos estallados a los pies de los árboles en primavera.
Seres potenciales. Seres caducos, abortos naturales.
Su hombre vuelve a entrar y la arrastra a la habitación. Lleva el cinto enrollado alrededor de una de sus manos. Le grita y la patea de nuevo.
Le grita puta y la acusa de abrirse a otros machos, no reconoce haberla preñado.
El cinturón se estira en cada lanzamiento, penetra las telas del vestido, desgarra las capas de piel hasta que brota más sangre de esos orificios nuevos.
Ella se llena de más culpas. Merece el castigo, aunque no sepa por qué.
Se acurruca, resiste. Se arrulla y el caudal del llanto destiñe una línea en el charco rojo que la acuna.

El hombre da vueltas, se acerca ya con el puño desnudo y busca su rostro. Los borcegos se empastan en sangre, pisan el coágulo, gritan puta, puta, puta. Le arrancan un diente, saliva, y ya no sabe qué más porque se pierde en una nebulosa de estrellas rojizas y aquella media luna hinchada, casi como un poroto, que la espera.


viernes, 20 de enero de 2017

La caja de disfraces

Ana tiene en su cuarto una caja enorme, llena de disfraces. Los hay de todo tipo, tamaño y color.
Cuando está aburrida, Ana corre a disfrazarse de payaso, y hace malabares y piruetas.
Cuando tiene miedo se disfraza de maga y con su varita transforma lo que le asusta en garabatos y caricaturas que la hacen reír muchísimo.
A veces, cuando llueve y hay tormentas, se disfraza de sol, se asoma al balcón, y ve cómo los chicos se alegran porque pueden salir a jugar otra vez.
Y otras veces, cuando ya leyó todos sus libros, se disfraza de palabras e inventa nuevas historias.
Pero cuando está con sus amigos, jugando, divertidos, sabe que no necesita sus disfraces.
Los deja guardados en la caja y es Ana, solo Ana.